El rechinar de las ramas movidas por el viento y el ladrido de un perro que intenta proteger su territorio eran los únicos sonidos que se percibían en aquella oscura noche. Las nubes grises de la tormenta que se avecinaba impedían que se colara un poco de la luz que la luna o alguna estrella pudiera brindar. Para aquel hombre, que oculto en el interior de su auto, no era mejor la posibilidad que le brindaba el clima de ese momento; la oscuridad le facilitaba su actual tarea y la próxima lluvia cubriría cualquier rastro que pudiera dejar.
Llevaba varias horas sentado en el asiento del chofer, sin embargo, estaba decidido a cumplir su misión. Durante su espera había visto pasar tantas personas, algunas simplemente no lo notaron, otras lo miraron con recelo, al final la actitud de cada una de ellas reflejaba parte de lo que eran y lo que en ese momento pensaban y vivían. Entre tantas personas una resulto más interesante que las demás, su actitud y acciones no podían haberse considerado dentro de un patrón normal.
Este individuo -o mejor descrito- niño, se acerco al vehículo de una manera muy decidida, su seguridad era la de una persona que sabe exactamente lo que hace y que guarda una verdad irrefutable. En el interior el conductor en un principio se sintió incomodo y molesto, pensó que aquel niño le pediría alguna moneda o como acostumbran decirlo "un pan". No era extraño ver a personas mendigando y mucho menos en el barrio en el que se encontraba; sin embargo, al tenerlo más cerca y ver su expresión a unos centímetros de su rostro, solo separados por un cristal, supo que no que el niño no quería nada de él.
El cristal que los dividía lentamente se fue escondiendo en el interior de una abollada puerta que fácilmente tendría más de una década, y antes de que al chofer se le ocurriera algo por decir el niño comenzó a hablar.
- Llevas mucho tiempo ahí sentado. ¿Estás perdido?
- No, no estoy perdido. Sé donde estoy.
El hombre decía la verdad, conocía aquel lugar mejor que nadie. Hace tiempo pudo haberlo considerado hogar y aunque muchas cosas habían cambiado, y muchas de las personas que conoció habían sido remplazadas por otras menos agradables, la esencia era la misma. Sabia donde estaba.
- Entonces quizá no sabes a donde vas. Solo las personas que no saben a donde dirigirse se quedan estáticas por tanto tiempo. Quien no conoce su destino se mantiene fijo porque no sabe si el siguiente paso es el correcto.
- No es mi caso, ¡sé lo que debo hacer!, espero a una persona.
- Yo no llevo tanto tiempo aquí como tú y he visto pasar a varias.
- Pero ninguna de ellas son la correcta, no son a quien espero.
- ¿Seguro?, todas se ven muy especiales, ¿Cómo reconocerás a quien esperas?
- Porque la conozco, se exactamente quien es.
- Bueno, me alegra oírlo.
Y brindándole una sonrisa a aquel extraño, el niño se dio la vuelta y siguió su camino.
En el auto, el hombre algo molesto volvió a subir el cristal tan rápido como le fue posible. Se acomodo de nuevo en su asiento y regreso a su tan aburrida actividad; sin embargo ahora era diferente, tenia en mente las preguntas y expresión del niño, ¿Cómo se atrevió a dudar si sabía a quien esperaba?, se decía para si mismo. Estaba molesto, pero intento concentrarse en su actividad, no podría darse el lujo de no notar a su objetivo.
Desde aquel instante las horas habían transcurrido muy rápidamente, sin ninguna otra novedad; y con el paso de los minutos el hombre sabía que era menos lo que le faltaba por esperar.
A la distancia se observo a una persona saliendo de una esquina apenas iluminada por una intermitente lámpara. La espera estaba terminando, la sonrisa en el rostro del hombre reflejaba la emoción que estaba sintiendo, estaba completamente seguro había llegado su objetivo. No podía equivocarse, aquella mujer no podría confundirse con ninguna otra.
Era muy hermosa y en su andar reflejaba la elegancia de una mujer joven e inteligente. Su rostro tan hermoso era el complemento ideal de aquellos ojos color ambar que solo inspiraban tranquilidad, la permanente sonrisa brindaba, a quien la mirara, la confianza y alegría para tener un buen día. Todo enmarcado por un brillante cabello negro, que rizado se dejaba caer hasta los hombros de aquella mujer. Su abrigo negro, que además de darle protección al extraño clima, resaltaba su figura delgada y la hacía parecer un poco más alta de lo que ya era.
En un instante la tormenta que el cielo tanto había prometido estaba comenzado, primero solo unas cuantas gotas, después las suficientes para empapar a cualquiera en solo unos minutos. La chica no se molesto por esto y con la elegancia que la caracterizaba abrió su paraguas y continúo su camino. La lluvia la hacia extrañamente feliz, el ver caer las gotas, como rebotaban en el piso, pero sobre todo el modo en que trabajando juntas podían reflejar lo que las rodeaba. Ese reflejo del mundo le encantaba. En conjunto disfrutaba de la lluvia.
PD. Aun estoy pensando que sucedera despues de esto... pero espero les agrade, si se les ocurre algo por favor comentenme, la historia tiene muchas posibilidades